
Pero no todo está claro. En primer lugar, el margen global de la cadena no es en sí mismo concluyente. Depende de los diferentes escalones que existen dentro de cada proceso de producción, transformación, almacenaje, distribución y comercialización. En segundo lugar, un alto margen de beneficios en un mercado libre, sin monopolios ni oligopolios, no es punible, ya que el propio mercado debería regularlo. Dicho esto, sí es cierto que en determinados casos se pueden producir pactos especulativos no escritos cuyo efecto es el encarecimiento de los alimentos. Es en estos acuerdos que conculcan las leyes de la competencia, sobre los que se debe investigar y sancionar. En este sentido, un análisis en profundidad que ayude a detectar estas anomalías económicas y, en consecuencia, destapar estas prácticas, puede ser un buen instrumento que beneficiará a productores y consumidores. En cualquier caso, una herramienta que, de una vez por todas, debe aclarar, en un sentido u otro el funcionamiento del precio agrario y alimentario.
Otros asuntos preocupan en Bruselas. Por ejemplo, el bienestar animal. Son numerosas las normas que obligan a ganaderos, transportistas y salas de sacrificio a velar por la calidad de vida y muerte de los animales con destino alimentario y no alimentario. Obligaciones que, por cierto, incrementan, en muchos casos de forma innecesaria, el precio de las carnes. Ahora este exceso de celo ha llevado a retomar el seguimiento del movimiento de cada animal mediante un sistema de posición georeferenciado, un GPS. En sí mismo no es una nueva norma de bienestar, sino una medida de control del cumplimiento de las que ya existen. Lo único que habrá que considerar si prospera esta idea es, quién lo paga.





